Reflexiones

«La Señora que reza…»

Autora: Eugenia Landriel

«Todavía estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él.
Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte».
Jesús le respondió: «¿Quién es mí madre y quiénes son mis hermanos?».
Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: «Estos son mi madre y mis hermanos.
Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».»


Mt. 12, 46-50 http://www.vatican.va/archive/ESL0506/__PUM.HTM

Mi madre me escuchó temprano leyendo la Lectura del día, y exclamó:

«Nunca entendí esa Lectura»

No me animé a preguntarle más a fondo qué quiso decir, por no desprender los ojos de las palabras. Y más aún, por no responder:

«Yo tampoco entiendo del todo»

Nos dirigimos a la clínica para comenzar la rutina de sus estudios y controles, y a medida que transcurrió la jornada, fui comprendiendo qué quiso decir Jesús, rodeado de sus discípulos, cuando los llamó «SÚ FAMILIA».

Recuerdo imaginar durante muchas horas del día el procedimiento al cuál mi madre era sometida durante su estadía en ésta clínica. Imaginaba la habitación, su cama, su cuerpo lento, los cables, el olor, el color. Imaginaba el silencio, la soledad; pero por sobre todo, la mayor parte del tiempo mi imaginación evocaba los doctores. En su aspecto, sus gestos, sus palabras, su andar. Su edad, su antigüedad. Como si el saber o el poder de sanar dependiesen de lo que yo imaginara a kilómetros de distancia.

Tal vez en esos momentos mi familia necesitaba un acompañamiento diferente de mi parte. Pero gran parte de mí se encontraba imaginando.

Sucedía algo diferente cuando llamaba a mi madre por teléfono para saber cómo se encontraba. Me hablaba de su estado de fe, de que padecía pero no dejaba de rezar; me hablaba de Dios como su sanación, como el remedio que realmente la fortalecía, no todo el soporte que desde la ciencia alguien podía resaltar. Me hablaba de las personas que la acompañaban, de otros que sufrían como ella y que la conocían como «La Señora que reza», porque a donde iba, llevaba su rosario.

«… y que la conocían como «La Señora que reza», porque a donde iba, llevaba su rosario. »

Después de muchos años entendí no sólo de lo que hablaba mi madre. Entendí dónde estaba mientras ella estaba acompañada por Dios: estaba afuera. Estaba por fuera, «tratando de hablar», sin entender por qué solamente podía hablarme de fe, de Dios, de su verdadera sanación, y no podía compartir conmigo realmente quién era y qué estaba viviendo.

Hoy, también veo que ella no lo analiza en concreto, porque a los que viven constantemente en compañía con el Señor y creen en su presencia, no necesitan analizar nada. Se revisten de su gloria su gracia, y uno puede ver desde afuera cómo su exterior ha cambiado. Cómo la transformación del corazón sale y contagia lo que mostramos.

Por eso cuando veo en sus ojos mi ejemplo a seguir, no se trata de sus logros. Se trata de imitar el poder de la voluntad hacia Dios y revestirme así de toda Su gloria.

Créditos de imagen: Google Images

2 comentarios en “«La Señora que reza…»

  1. La señora que reza… tu testimonio Me regala el recuerdo de mi abuelita rezando el Rosario todos los días de su vida, mi mamá decía que el señor la iba a llevar cuando ya no pueda seguir haciéndolo, como si fuese un encargo de Dios…

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