Mensajes al corazón

Deja que tu corazón se rompa

Autora: Dortignac, Mariana.

Llevo días reflexionando en mi nacimiento como una nueva persona, como cristiana hija de Dios bañada por su Santo Espíritu. E inevitablemente, es imposible hacerlo sin pensar en aquel momento en mi vida cambió, en que mi corazón se rompió de una manera que es imposible ponerle palabras.

Sabés de qué hablo. El ser humano pasa muchos dolores cotidianos, que en ocasiones no son más que molestias, picaduras de mosquitos, ante la selva que a travesamos a diario. Un mal de amores, por ejemplo, no duele tanto como perder al amor de tu vida, ¿No? No es lo mismo, la traición de un conocido, que de tu mejor amigo, no es lo mismo perder un trabajo parcial, que el trabajo por el que peleaste e invertiste esfuerzo. No es lo mismo una gripe fuerte, que tener cáncer, o peor aún, que alguien amado lo tenga.

Y no, no digo que hay que alegrarse por la desdicha, ya demasiado hay que intentar sobrellevar la cruz diaria con una fuerza que sólo nos la regala Dios, pero, si nos pusiésemos a pensar… ¿Cuál fue el dolor que te acercó a Cristo? ¿Qué hizo que aún sin creer demasiado en la providencia Divina le confiaras tu pesar? ¿Cuál fue la noche más oscura, la tristeza más grande que tumbó al gigante que “lo podía todo” y dejó al hijo asustado buscando refugio en sus brazos?

Respirá profundo, prendéte una vela, y te invito a que reflexiones, que vuelvas a tu primer encuentro, a tu primera vez, en la que descubriste que Dios no era un frío concepto de libros, tampoco una imágen en una estampita o una ventana, o cuadro… ¿Qué fue lo que te hizo tener fe?

En estos tiempos, donde a veces olvidamos el porqué elegimos brindar nuestra vida a seguir un camino que pocos eligen transitar, en un mundo donde cada vez se vuelve díficil tener esperanza, apostarle a Dios por encima de nuestros propios deseos que -en ocasiones- nos llevan a tomar malas decisiones, siento, que es bueno renovar el “SI”:

PH: Alegre, Sonia
PH: Alegre, Sonia

Sí, Dios Mío, te entrego mi vida, mi cuerpo, mi alma, mis sueños, mis anhelos, esos que solo vos conoces y que yo en ocasiones no me atrevo a confesarlos. Sí, mi Señor, Mi Rey, Mi creador, me rindo a tus pies, porque a tus pies, es lo más alto que puede estar un cristiano, es lo más cercano de pequeñez y entrega que puedo hacerte.

Sí, mi amado padre, mi pastor, mi guía hacia la luz, mi inspiración y acrecentador de todo lo bueno que hay en mi.

Sí, dejo el hombre viejo en el pasado, y agradezco el dolor, ese sufrimiento que me hizo doblarme de dolor, llorar hasta el cansancio, sofocarme en sollozos; porque sé que ese mismo dolor fue el que me acercó a vos, y en vos, encontré mi paz.

Alegre, Sonia
PH: Alegre, Sonia

A veces veo, a mis nuevos hermanos cuando recién salen del retiro, llenos de amor y gozo, con inmensas ganas de evangelizar y llevar la buena nueva a todas partes, y me pregunto: ¿Qué me pasó que ya no tengo esa chispa? Ese amor que excede a mi propia personalidad y me hace ser testimonio vivo del amor de Cristo. Y Comprendo, -con vergüenza- que me volví todo lo que me hizo fijar mi rumbo en los caminos de la fe, que mi modelo a seguir, Jesús, se perdió de mi visión, y tal vez, Dios ya no es mi centro. Ser cristianos requiere una renovación diaria de ése sí, que nos se nos pierda en el mar de la memoria, que Dios rompió al hombre viejo, y armó con sus manos de alfarero la mejor versión de nosotros. Y que cuando más solos nos sentimos, él, no nos olvidó.

Pero tú, Señor, eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla, y tú, nuestro alfarero: ¡todos somos la obra de tus manos!

Is. 64, 7

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