Formación

La alabanza: Una expresión de amor hacia Dios

Por Mariana N. A. Dortignac y Giselle Yensen

No es algo nuevo para nosotros los cristianos el “alabar”. Se supone, que es una de nuestras costumbres y viene ya desde las épocas del Rey David. Hemos oído tanto la expresión y, aún así, quizás no estés muy seguros qué significa del todo. Entonces, te pregunto, para vos: ¿Qué significa alabar?

En una de las prédicas de las Escuela del Espíritu Santo, nuestra visitante María Vadía explicó: “Cuando alabamos al Señor, eso es una de las cosas más importantes que podemos hacer en nuestra vida cristiana”; “Este es nuestro ministerio para él”; “El Señor habita en las alabanzas de su pueblo”.

Ahora bien, vayamos más profundo y revisemos las Sagradas Escrituras.

En el libro de Génesis dice: “Y salió Jacob de Beerseba y se fue a Harán; y llegó a cierto lugar y durmió allí, porque ya el sol se había puesto; y tomó de las piedras de aquel paraje y las puso a su cabecera, y se acostó en aquel lugar. Y soñó: y he aquí una escalera que estaba apoyada en tierra, cuyo extremo tocaba en el cielo; y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella. Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, y dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia.” (Gn 28, 10-13).

Podemos apreciar mediante el sueño de Jacob como nuestra alabanza y adoración, sea de la forma que elijamos, se presenta ante nosotros como esa escalera que nos une con la presencia de Dios, porque al glorificarlo y exaltarlo estamos también pidiendo que su gloria descienda sobre nosotros, que nos envuelva su amor, que nos dejemos resplandecer por el gozo que se vive en el cielo. Por eso también decimos que, al alabar estamos creando aquí en la tierra una atmósfera igual a la que se vive en el cielo, donde su plenitud es permanente, y se experimenta nuestra unión con los santos y ángeles para adorar al Cordero sentado en el trono según nos relata Juan en el libro de Apocalipsis Capítulo 4 y 5. En otras palabras, hacernos uno con el cielo.

¿Y cómo podemos hacer esto? ¿Cómo podemos vivir una experiencia más y más cercana a Dios?

En primer lugar, tenemos que adorar y alabarlo en espíritu y en verdad. En el Evangelio de Juan, Jesús le dice a la Samaritana: “Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque ciertamente a los tales el Padre busca que le adoren. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad.” (Jn. 4, 23-24).

Es decir, que la adoración es un asunto del corazón, no de las acciones exteriores, y dirigida por la verdad y no por una ceremonia.

La verdadera adoración debe ser «en espíritu», es decir, que involucre todo el corazón. A menos que exista una verdadera pasión por Dios, no hay adoración en espíritu.

Al mismo tiempo, la adoración debe ser «en verdad», es decir, debidamente fundamentada. Si no tenemos conocimiento del Dios que adoramos, no hay adoración en verdad. Ambas son necesarias para satisfacer y honrar a Dios en adoración.

Espíritu sin verdad conduce a una experiencia emocional que muchas veces termina en algo demasiado superficial. Tan pronto como se termine la emoción, cuando el fervor se enfría, se enfría también la adoración. La verdad sin espíritu puede resultar en un encuentro seco y sin pasión que fácilmente puede conducir a una expresión triste de formalismos vacíos.

La mejor combinación de ambos aspectos de la adoración se traduce en un reconocimiento gozoso de Dios fundamentado por las escrituras.

Cuanto más sabemos acerca de Dios, más lo apreciamos. Entre más lo apreciamos, más profunda es nuestra adoración. Entre más profunda sea nuestra adoración, mayormente será Dios glorificado.

¿Qué nos sucede en la alabanza y adoración?

Cuando alabamos y adoramos a Dios, es decir al honrarlo, estamos dejando que Él nos transforme.

El amor de Dios no es algo que se entrega por mérito, sino que se nos da gratuitamente. Sin embargo, nuestro Padre busca siempre nuestra perfección, nuestro constante caminar hacia la santidad, y es por ello que cuando lo adoramos podemos llegar a ser más y más como Dios planeó.

Al alabar, estamos queriendo llegar hasta la puerta de la gloria de Dios, y una vez cruzada esa puerta, permanecemos en esa plenitud del amor de Dios por la cual nos dejamos transformar y nos convertimos en canales de agua viva que se derrama en todas las áreas de nuestras vidas. Y, mediante esa experiencia de amor, ya no podemos callar lo que hemos visto y oído. (Hech. 4, 20).

Ese sería el significado, ahora bien, llevándolo a la práctica: ¿Cómo se hace?

Primero, para alabar hay que saber que hay un par de pasos que nos guían: Ponerse en presencia de Dios; luego, invocar al Espíritu Santo; una vez hecho esto, se puede usar una canción o leer un Salmo para poder fluir mejor. Además, se puede alabar de manera individual o grupal, uno por uno o todos al mismo.

Ya realizados estos pasos y pasando por la experiencia, ¿Qué se siente?

Desde mi óptica personal, puedo decir que cuando alabé experimenté una gran fuerza de amor, un amor que necesitaba dejarlo salir, como si explotara en mi pecho y no pudiera contenerlo. Y ya no importaba donde estaba, quién miraba o lo que decía. Era tanta la necesidad de hacerle saber cuánto lo amo, que simplemente mis latidos superaron mi razonamiento; El momento en el que lo vivo en mayor plenitud es durante las Noches de Gloria y estando junto a mis hermanos.

Podría pasar horas y horas describiendo la sensación de euforia, alegría, entusiasmo, paz y, sin embargo, creo que no le haría justicia. Tal vez, alabar cueste un poquito al principio. El qué, el cómo hacerlo, ¿Y si lo hago mal? Nos lleva a bloquearnos. No debemos olvidar que ejercitarse en dicho proceso nos pule y nos vuelve auténticos, porque una vez que dejamos atrás los miedos, es el corazón quién habla y cuando el corazón habla en presencia del Espíritu Santo, sólo queda dejarnos ser.

Nos gustaría conocer tu testimonio. Déjanos tu comentario sobre la alabanza en tu vida.

11 comentarios en “La alabanza: Una expresión de amor hacia Dios

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